Qué rumor se escuchaba en tu estómago
impaciente,
qué lenguaje de pájaros y abetos,
qué lustro infinito de mensajes
inconscientes,
de pan recién labrado,
de una palabra recién dibujada
con el éter del aire,
con tu risa
libre,
con tu pecho,
y en algún lugar de aquel mundo
escarbábamos
para desentrañar el sol
de sus secretos milenarios,
nada sabíamos y sin embargo
creíamos saberlo todo,
pusimos rostro a esos fonemas
y fuimos dos dioses panaderos
elaborando al horno de los días
nuestra existencia de torre creada,
de urbana babel cercana al cielo.
Qué crepitar de físicas pieles,
qué infiernos celestes
dentro de estos cuerpos.
D.M.P.
Muy bueno, Diego, en éste te has salido. El pan sigue crepitando después de la lectura, como en ese que poema que tú también conoces de Ángel González.
Queda claro que el futuro de la poesía son los áticos.
Hasta pronto.